Ninguno es feliz, Patricio Eleisegui

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Las once historias reunidas en Ninguno es feliz de Patricio Eleisegui son violentas y posibles, sacadas del fondo del pozo donde se pudre el realismo más crudo que te imagines. Son historias que están a la vuelta de la esquina, historias con sangre, humillación y  perversidades dosificadas estratégicamente.

De entrada nomás, “Chola”, el primer cuento, es una piña recibida de arrebato y de atrás que te deja medio ablandado para lo que viene. Este cuento es el único situado fuera de Argentina. Transcurre en La Paz, año 2003, en una Bolivia en plena convulsión social y violencia callejera. Allí, un argentino con un pasado oscuro que le impide regresar a su país, vive de regentar a una mujer luchadora, una chola que se sube a un ring a desmayar o ser desmayada por su oponente. Pero esa mujer da dinero, es la figurita difícil del sanguinario circuito de peleas que todos quieren poseer y son capaces de cualquier cosa para tenerla.

El resto de las historias transcurren, mayormente, en territorio bonaerense y la ciudad de Buenos Aires. Son transitadas por empleados de supermercados, enfermos agonizantes, policías y militares que aún deben rendir cuentas por su pasado, inmigrantes que escapan del horror para vivir una vida de pesadilla.

También hay personajes como esos que te cruzás todos los días por la calle, personas que podrían haber sido violadas, humilladas, traicionadas, al borde de la muerte, personas como tu vecino o como vos mismo.

Cuando leés dos o tres cuentos y ya te acoplaste al ritmo de la escritura, hecha con frases cortas, veloz y, por momentos, intervenida por imágenes poéticas, te vas dando cuenta de qué va el libro.

Entonces vas disminuyendo la velocidad de lectura que te proponen las historias y te ponés alerta. Te empezás a preguntar: cuándo y de dónde vendrá la próxima patada que te deje boqueando y arrodillado ante el punto final.

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