Sin pelaje, sin sombra, antología poéica de Susana Villalba

$700

"No es el lenguaje lo que habla sino su descarrilamiento. ¿O su nacimiento? No soy yo en mi forma cotidiana de estar en el mundo la que escribe, esa personalidad (personaje) que protege ante el mundo. Pero sí es Mi voz, la que se fue gestando en el estado alerta ante todo lo que el afuera trae u oculta. Es mi silencio abierto a escuchar el lenguaje antes de su big bang y mucho antes de su gramática. Pero también dispuesta a ser su big bang para proponer otras maneras de decir el mundo", escribe Susana Villalba en la contratapa de Sin pelaje, sin sombra (Editorial Llantén), antología poética de la poeta, dramaturga y periodista nacida en Buenos Aires en 1956, también autora de libros como Oficiante de sombras, Clínica de muñecas, Plegarias y La bestia ser.

Del tomo de Llantén tomamos los poemas que siguen:

 

 

Rikyu

Le lleva al mundo tiempo

una mano,

una pluma.

Es imposible

atravesar un corazón

si no hay deseo

de matarlo.

Toda la tarde caminó

bajo la lluvia

como una forma de sentir

humanidad.

El tiempo -se dijo-

será esta ceremonia

del té.

Es cosa de los astros

si pueden partir

el mundo en dos

en un segundo.

Es cosa de los otros

sus manos.

No es una huella

que dejará

según mueve la pluma.

Es que esas huellas

de sus dedos

son irrepetibles.

Pero llevan su tiempo

las palabras.

No es el camino

el que dice la distancia,

los ojos

no encuentran su paisaje.

Hubiese preferido tocar

con sus palabras,

él habla

maravillosamente

y es un placer físico

escuchar.

Pero no importa

si las uvas están

a demasiada o poca altura.

Si se moja es que llueve

y es la hora

de preparar el té.

El cuerpo es un pacto

con la forma.

Pero el deseo es la forma

que tiene el corazón

de deshacerse

de su cuerpo.

Como un relámpago

espera

en la línea de la mano.

-¿El amor?

-dijo la bruja-

¿Ir al Tíbet?

Una escritora.

Los sueños son la vida

también.

Tuviste un gran amor.

-Tuve, como quien dice

una enfermedad,

escribí

poemas.

-Palabras

-dijo la bruja-

de un corazón

en círculo de fuego.

Se viste de venado

y se devora.

Una pluma en el barro.

-Cuando los amantes duermen,

amanece.

Las palabras no dan cuenta

de ese espacio

que separa a los cuerpos

en el sueño.

-Los amantes

-dijo la brujan-

o se dan cuenta.

Pero el que sueña

es un camino

como cualquier otro.

Los poemas también

son naturaleza.

Si no tocaste

esa mano no existió

más que en el sueño.

-Pero las uvas

a la altura de mi mano,

acaso

simplemente las describa

-Es una forma

como cualquier otra.

-Pero la espada y el tiempo

que le lleva al mundo

el cuerpo

que la cabeza lleva atado

como un perro.

Y el guerrero

si amanece

y en su corazón

noche cerrada.

Cantan los pájaros

y habitan la luz

como una flecha

de su propio sentido.

Dar testimonio

de una manera humana

de levantarse,

preparar el té

y escribir.

-Y acaso haber tocado

¿daría cuenta?

-Un puma

ni un venado.

Deseo de beber

un animal completo

o palpitante

en la espesura

del deseo

fugar de un cuerpo

agazapado.

Se pregunta

qué tarea tiene

entre las manos.

Palabras como espada

de dos filos.

El deseo real

como la mano

al tocar

fue tan distinta.

Cada cuerpo

irrepetible.

-El arquero

ni el caballo,

la flecha

no pregunta:

Señor

¿no tuviste suficiente

fe

en mí?

 

 

 

 

Marea

 

Esa conspiración en el susurro

cuando nada dicen,

persiste el mar

y la piedra en deshacerse

resistiendo.

Quizá belleza

es esa colisión

eternamente fugaz.

Como el mar el deseo

es movimiento

que comienza donde parece

acabar.

Inútil seducción y sin embargo

la piedra se transforma.

En el amor

se sabe por el cuerpo

el límite del cuerpo.

Es su plenitud.

Esa revelación

que acaba cuando comienza

a hablar.

Como arena arrebatada

por el agua

que toma y abandona

al mismo tiempo.

Querer ir más allá del mar

es el mar.

Ese murmullo que parece responder

es movimiento,

un rugido

como el fracaso siempre de un deseo

es el deseo.

Inútil preguntar la razón

que desconoce un corazón

de agua.

El mar como el sueño

rumorea en la orilla

restos

de la profundidad.

Porque nada dice

dice el mar:

que la verdad es agua

entre las manos

se sabe por tocar.

 

 

 

 

El caso Ruth

 

La piedra es,

una mujer mata,

por instinto

busca el reverso de la piedra

donde se esconde un animal.

Sólo quería que dé la cara,

dice sin resistir.

No había remedio,

me dolía él.

Cuando al fin lo encontró

sacó de su cartera la Smith and Wesson

y vació el cargador.

Se gana, se pierde

pero negocios son negocios.

¿El dinero? está o no,

como las piedras, en el camino.

Ahora soy yo

la que mata.

Ahora moriré de un acto

real,

es la ley del amor querer perder

la cabeza,

que él abandone el cuerpo

entre mis brazos.

¿El arma? qué sé yo,

las cosas aparecen.

Me enceguecí,

ya no quería verme.

Nos amamos,

después yo disparaba,

es algo contundente.

Antes que nada

108

leíste las noticias policiales,

tomaste café.

Sí, estás despierta,

ese dolor que sos ahora

es el mundo,

la orilla del sueño aún golpea,

agua aceitosa contra un casco.

Algo que deje de moverse,

por favor.

Pero un disparo

en la piedra podría revelar

que nada es tan sencillo,

todo tiene un momento

que nunca cristaliza.

Un corazón.

Estás despierta, todo gira,

no sabés si es el día

siguiente

y faltaste al trabajo

o es domingo.

Sí, fuiste a esa casa,

tomaron un taxi

que se perdió en la niebla,

hubo choques en cadena, dice el diario,

así es que la niebla fue real.

De bar en bar

alguien dijo hay una fiesta

en algún sitio.

Y nunca es ésta.

Llegaron a esa casa o pretensión

de teatro under,

fiesta de primavera.

Un travesti

o lo que un hombre dice

que es una mujer

te hizo sentir ambigua

en tus vaqueros.

Hizo un sketch,

ya se sabe, un sketch.

Princesa, sultán, odalisca,

nadie bailaba, hacía frío,

rodaron latas de cerveza.

Los travesti eran encantadores

de serpientes

sin serpientes,

vos también.

Mariposas deslumbradas por la fiesta

que iluminaban.

Encontraste a tus amigos en el baño,

habían capturado una botella

pero mejor era volver

al bar.

Un lugar donde caer

sin caer.

Ahora entendés el viejo chiste

de decir al taxista: a casa

por favor.

Ahora el sentido

toma su sentido:

el deseo brilla

por su ausencia.

La noche fue un largo, repetido

nunca más.

Encontraste un murciélago

como si todo lo perdido

por perdido en esa casa

hubiera rezumado su animal.

Se movía si topaba

con el límite.

La propia imagen

de todos los errores,

el terror al fin

tenía una cara

mítica.

Encendiste la luz

y chocó con la pared;

no la piedad, la ley

de semejanza,

la culpa del demonio

se mata con culpa

verdadera.

Golpeaste

una y otra vez,

sonaba a cuerpo contra piedra,

se quebraba, arrastraba el aleteo,

al fin era un insecto

grande

o una muñeca rota.

Entonces cortaste la cabeza,

las membranas,

clavaste una estaca en el corazón

y abriste para ver

que se movía.

Las manos pegajosas,

el piso de un humor

que no era sangre

lo cubriste con diarios,

esa noticia de la mujer

que guardó a su amante

en el freezer.

No podías tirarlo a la basura,

quemaste el cuerpo

y la cabeza juntos

para mirar como algo termina alguna vez

sin dejar restos.

Después dormiste todo el día.

Y ahora alguien dice, en el contestador,

¿venís al club de cine?

por lo tanto es el domingo

lo que perdiste

o la idea del día

y de la noche

o no sabés qué querías

perder.

Aunque el cuerpo no olvida

no encontrás el argumento.

Si entrara ese forense capaz

de encontrar babas y uñas

y huesos calcinados,

demonios, que me cuelguen

pero no me pregunten

por qué.

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