EL ESTEREOSCOPIO DE LOS SOLITARIOS, J. RODOLFO WILCOCK

$22.000

El redescubrimiento de J. Rodolfo Wilcock es tan asombroso como inevitable, solo que lo asombroso cuando va de la mano de lo inevitable parece condenado, como la mayoría de las cosas de este mundo, a rutinas de perfecta repetición. Un centauro que pinta naturalezas muertas oníricas, un oráculo que recorre la ciudad en camioneta, una sociedad de escritores encerrados en un armario y una gallina editora son algunos de los seres que pueblan este volumen y que fortalecen (y debilitan) nuestra conciencia actual de la cultura… El estereoscopio de los solitarios, de 1972, era presentado por su autor como “una novela con setenta personajes principales que no se encuentran jamás”.

Maestro de las apropiaciones sutiles, de las imitaciones que superan el modelo, de la insinuación alusiva y la referencia demoledora, dueño de un estilo ya en este libro inconfundible, Wilcock es el escritor ideal para comenzar una historia de la literatura argentina después de Borges.

 

J. Rodolfo Wilcock nació en Buenos Aires en 1919. Se recibió de ingeniero civil en 1943. Vivió un tiempo en Mendoza trabajando en la construcción del ferrocarril trasandino, pero abandonó su profesión para dedicarse a la literatura. A partir de 1957 se estableció en Italia, donde permaneció hasta su muerte, veintiún años después. En ese lapso escribió una obra narrativa admirable, que se agrega a una carrera poética  brillante, pero inadvertida en la Argentina. Incursionó en todos los géneros literarios: poesía, relatos, novelas, teatro. También se desempeñó como traductor. De su obra narrativa, se destacan El caos (La Bestia Equilátera, 2015), El ingeniero, La sinagoga de los iconoclastas, Hechos inquietantes y Los dos indios alegres.

Cuando murió en 1978, Wilcock había convocado ya la curiosidad o provocado la admiración de la intelligentsia italiana (Pasolini, Calvino, Elsa Morante, Ruggero Guarini), pero nada había podido hacer con la local, provista siempre, en los casos en que debería suspenderla, de un solícito grado de suspicacia.

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