Quema, Ariadna Castellarnau

$800

El mundo se muere. O quizá ya esté muerto, pero aún lo habitan sobrevivientes que pactan cómo morir de hambre, que defienden sus austeras posesiones, que rezan por los caminos y que abandonan a sus hijos, a veces para que tengan una vida mejor, a veces sencillamente por agotamiento. Ariadna Castellarnau conoce tan bien a estos seres desesperados que puede trazarlos con apenas latigazos de su prosa seca y por momentos intensamente bella: la mujer sin pierna, la mujer sin ojo, la niña albina, los jóvenes cazadores, el hermano responsable. Qué le ocurrió al mundo y por qué no es fundamental en la cartografía del desamparo de Quema: mucho más importante es qué hacer con los despojos, la mugre, esas hogueras en la noche, el lento abandono de la compasión y el gobierno de la tristeza. No se escribe mucha ciencia ficción posapocalíptica en español y hasta resulta injusto limitar a esta novela fragmentada, intensa y tenebrosa en ese subgénero: pero sí resulta justo decir que Castellarnau escribe sobre el fin como si lo conociera, como una testigo que sabe, intuye y lastima, que está rabiosa ante la muerte de la luz.

FRAGMENTO
Esperar a que abran las puertas delante del refugio donde todavía reparten comida. Esperar durante horas para tener sitio en la cola y asegurarse las raciones. Esperar a que llegue el amanecer, con los ojos abiertos, en la penumbra agrietada de una habitación vacía, sin haber dormido nada. Ha subido la alarma de saqueos en las casas. Así que hay que esperar, con la pistola de papá en la mano, a que las primeras luces disuadan a las pandillas de saqueadores. Esperar a que llegue algo mejor, por ejemplo un helicóptero que venga a salvarlos y llevarlos a un país intacto. Esperar sentado, de pie, incluso acostado, con el oído atento a cualquier murmullo. Esperar siempre presente y correcto, siempre al filo, y todo para que ella pueda vivir. 

Silas está a punto de caerse dormido sobre el suelo del comedor cuando ve a Lena cruzar por delante de él camino a la cocina. No hace ruido al pisar. No porque ponga cuidado en no despertarlo, sino porque esa es su forma de caminar, como si la suspendieran unos hilos invisibles a unos milímetros del suelo. 

−¿Qué haces despierta? −le pregunta Silas en un susurro, para que su voz no retumbe al chocar contra las paredes desnudas.
−¿Y tú qué haces dormido? ¿No se supone que deberías estar al acecho de los malos?
Lena ha estado enferma los dos últimos meses. Vómitos, falta de apetito, dolor de cabeza y fiebre. Ahora dice que se siente mejor, pero él la encuentra demasiado delgada. Casi traslúcida. Le parece que puede ver el relieve del corazón al otro lado de la tela de su camisa de dormir. 

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