EL PRECEPTOR , Hagner, Michael

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«En junio de 1902, el banquero berlinés Rudolf Koch y su esposa Rosalie iniciaron la búsqueda de un preceptor para sus dos hijos menores. Poco tiempo atrás, Heinz Koch, de trece años, había sido expulsado del colegio pupilo de Haubinda, en Turingia. Su hermano Joachim, dos años menor, avanzaba en la escuela media a los tumbos.»
 
 
Así comienza el ensayo El preceptor. Un caso de educación criminal en Alemania, donde Michael Hagner desovilla, a partir de la tragedia de los hermanos Koch, el nudo de los conflictos que vivía la sociedad alemana entrando en la modernidad. El primer capítulo, extenso, prolijo, moroso en la búsqueda de precisiones, está narrado como una novela. En realidad, todo el libro convive con la narración de una novela y la solidez de un ensayo académico. Se identifica claramente a los actores. Primero los padres: un ejecutivo exitoso, presidente del directorio del banco más importante del país, que considera como una debilidad personal el magro desempeño escolar de sus hijos; una mujer atravesada por la culpa, que teme que el fracaso de sus hijos se traslade a su matrimonio. Luego, Heinz y Joachim: dos chicos (que hoy serían llamados preadolescentes) con evidentes problemas madurativos que intentan cumplir las pretensiones de los padres. Y entre ellos, la figura principal del drama: el preceptor Andreas Dippold.
 
La receta de los padres es conocida: tras un paso infructuoso por la educación liberal, la seguridad clásica de la mano dura («La única solución era el retorno a la severidad de un preceptor»). Se realizó una breve pero intensa selección de candidatos y finalmente Andreas Dippold, estudiante de derecho de 23 años dotado de cierta ambición y cierto desencanto, quedó a cargo de la educación de los chicos. ¿Fue excesiva confianza, fue una convicción en la instrucción espartana, fue simplemente desapego? Los padres esperaban resultados que no llegaban y le pedían a Dippold no cejar en los esfuerzos. El preceptor paulatinamente fue aislando a sus pupilos Los llevó a un campo en las afueras de la ciudad, las cartas entre padres e hijos pasaban por la censura de Dippold; incluso el médico tenía límites impuestos en las revisaciones. Todo en pos de los resultados académicos. La reacción de los padres a las exigencias del preceptor hacen recordar al distante tío inglés del cuento Otra vuelta de tuerca de Henry James, displicencia sin cuestionamientos. Por eso no podían estar al tanto del trato despiadado: los baños con agua fría al aire libre en pleno invierno, las noches atados para evitar que se masturbaran, los castigos corporales cotidianos ante malos desempeños.
 
Se conoce como “dipoldismo” a la excitación sexual que proviene de someter a castigos físicos a los niños. ¿Fue Andreas Dippold un monstruo? Su caso se constituyó como objeto de estudios de diferentes disciplinas de las ciencias sociales, como la psicología y la pedagogía que se vieron muy afectadas, al tiempo que puso en cuestión el orden burgués de principios del siglo XX. Pero, ¿fue un monstruo? Si lo fue, en todo caso no fue el único en esta historia. El maltrato de Dippold derivó en un desenlace previsible: la muerte de uno de sus pupilos.
 
Como decíamos el trabajo de Michael Hagner para reconstruir la tragedia es preciso, prolijo, intenso. A partir de este punto, lo es todavía más. Hagner identifica las condiciones para que el caso Dippold se haya convertido en un escándalo que prefigura la naturaleza del nazismo y cómo el preceptor «acusado de daños corporales seguidos de muerte se fue convirtiendo en un monstruo patológico, una bestia perversa y cruel irónicamente vapuleado por el instrumental de la antropología criminal y de la psiquiatría, que él mismo había querido aplicar». Con la habilidad de un cirujano, Hagner disecciona las responsabilidades de los diferentes actores y complejiza las relaciones entre ellos, evidencia la aceptación social de la violencia como elemento constitutivo de las personas, desenmascara las luchas políticas ocultas debajo de las pretensiones de imparcialidad de la ciencia y, sobre todo, reaviva un debate urgente y cíclico del derecho penal: ¿qué es viable con el monstruo: es posible que la reclusión forzada lo vuelva socialmente aceptable o, ya sin posibilidades, lo más humano sería matarlo?
 
Patricio Zunini
 
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