Un buen hijo, Pascal Bruckner

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Un buen hijo es una cruda novela de formación en la que Pascal Bruckner nos plantea, a través de su propia biografía, un recorrido por la cultura francesa de la segunda mitad del siglo XX.
Un buen hijo es la historia de un amor imposible. El amor a un individuo despreciable. Un fascista autoritario y mujeriego que es a la vez un hombre culto y de firmes convicciones, y que resulta ser el padre del propio Bruckner. Semejante conflicto filial da paso a una maravillosa novela de formación, personal e intelectual, de quien es uno de los escritores más sólidos y controvertidos del panorama actual de las letras francesas. El hijo adulto se enfrenta en primera persona y sin ningún tipo de máscara narrativa a un personaje por el que siente, a un tiempo, rechazo y compasión, en un relato que nace del odio pero que va adquiriendo un inesperado y reconfortante tinte de ternura. Semejante giro acaba por sorprender al propio narrador. Bruckner no puede culminar su particular condena al padre, y ve cómo el inspirador rencor de partida se va derritiendo para dejar paso a un tímido cariño, que no comprensión, y a la certeza definitiva de que no es posible juzgar de forma absoluta los comportamientos ajenos.

 

Pascal Bruckner, filósofo, ensayista y novelista francés, nació en París en 1948, en el seno de una familia mitad protestante, mitad católica. La vida de Pascal Bruckner está marcada por la contradicción y el espíritu provocador.
Debido a su naturaleza enfermiza, pasó gran parte de su infancia en Suiza, alejado de un ambiente familiar opresivo, y más tarde en la ciudad de Lyon, para acabar regresando, ya con diecisiete años, de nuevo a París. Cursó el bachillerato con los jesuitas, en el prestigioso Lycée Henri-IV, institución que se precia de tener entre sus antiguos alumnos a personalidades de la talla de Alfred de Musset, Prosper Mérimée, Michel Foucault o el propio Jean-Paul Sartre. Anticlerical confeso, fantasea allí con la idea de consagrar su vida a Dios, vocación que se ve sustituida por la Filosofía, que acaba estudiando en la Universidad de París I y VII y en la École Pratique des Hautes Études, y que culmina con un máster impartido por el insigne filósofo y musicólogo Vladimir Jakélévitch y, finalmente, con una tesis sobre Fourier dirigida por Roland Barthes. Fiel a su promesa de no casarse ni dedicarse a la enseñanza, decide entregarse a lo que mejor sabe hacer: escribir. El éxito le llega de la mano de un ensayo, El nuevo desorden amoroso. Escrito a cuatro manos en 1977 con su amigo, el filósofo Alain Finkielkraut, el libro cuestiona la teología de la liberación sexual que se había impuesto desde Mayo del 68. Autor de más de una veintena de títulos, principalmente ensayos y novelas, llega a hacer un par de incursiones en el mundo de la literatura juvenil (una de ellas acompañado por las ilustraciones del aclamado pintor Hervé di Rosa). Sus ensayos y su activismo político no dejan indiferente al lector. En 1983, publica Le Sanglot de l´homme blanc (El sollozo del hombre blanco). Para entonces es ya un autor aclamado por la crítica francesa, y llega a obtener, en 1995, un Premio Médicis por su ensayo La tentación de la inocencia, un libro que denuncia el victimismo y el infantilismo que imperan en nuestra sociedad occidental. Su consagración como novelista llega en 1981 con Lunas de hiel, una lúgubre historia de pareja, convertida en película en 1992 por Roman Polanski. En este mismo año, 1992, publica su novela El buen hijo, pero solo en 1997 es finalmente reconocido con un Premio Renadout por su novela Los ladrones de la belleza, el claustrofóbico relato de un matrimonio encerrado en un refugio de montaña. Su obra no cesa de aumentar y de traducirse a multitud de idiomas, y es, en la actualidad, una de las voces más interesantes del panorama intelectual francés.

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