SERGIO BIZZIO, EN ESA ÉPOCA

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«Hicieron un rápido paneo del lugar: algunas dunas, elevaciones rocosas aisladas, grupos de cardos y pastos altos, un bosque celeste en el horizonte, demasiado lejos de allí. Montaron y, sable en mano, inspeccionaron, temerosos, un área de trescientos metros a la redonda: no había indios ni huellas, no encontraron nada aparte de unas crías de mbatutí enroscadas en la fisura de una roca. Las ensartaron –eran seis, bien gorditas, todavía sin voz y con los ojos pegados– y emprendieron el regreso. Durante el almuerzo, uno de los oficiales, animado por ese postre exquisito hallado al azar –una combinación de sabores obvia, dulce y agrio–, soltó la lengua y puso en palabras lo que todos pensaban: los indios andaban por ahí nomás, esperando la ocasión de lanzarse sobre ellos. Si no lo habían hecho todavía era porque no les hacía falta, o porque no tenían ninguna urgencia, o porque eran pocos para atacarlos con éxito. Quizá aguardaban a que estuviesen completamente agotados. Quizá disfrutaban mirándolos trabajar».

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