La cabeza del monstruo, Agustín Ducanto

$690

Un libro que es una galería de pesadillas
Payasos anarcos reclutados para votar por políticos violentos y una criatura imaginada por una niña sadomasoquista son algunas de las figuras que desfilan por “La cabeza del monstruo”, de Agustín Ducanto.
gustín Ducanto es el autor de La cabeza del monstruo (Nudista), un conjunto de cuentos escritos en una prosa sorprendentemente madura, que conduce al lector a través de una galería de pesadillas. Por los siete cuentos desfilan payasos anarcos reclutados para votar por políticos violentos, un hombre hermoso nacido de un vómito y un deseo de venganza, un monstruo imaginado por una niña sadomasoquista, prestidigitadores que mutilan a sus partenaires... Ducanto optó por excluir el material autobiográfico y ampliar la lente para retratar, en sueños, formas vagas del conflicto social.

–¿Cómo es el proceso por el que un cuento se vuelve un cuento?

–Es un proceso extraño, por lo menos para mí. En función de mi manera de escribir, creo. Generalmente, no tengo muy claro en qué momento una idea se convierte en un cuento. Creo que hay un proceso de rendición, en el que uno se resigna a que el texto no sea exactamente lo que se tenía en mente, aunque se le acerque bastante. El desfasaje entre la idea y el texto terminado siempre es valioso, es el espacio en el que uno pierde el control. Suelo pensar que uno escribe teniendo en cuenta cierto plan (imposible, la mayoría de las veces), creyendo que está trabajando sobre tal o cual historia; pero, después, cuando volvés a leer lo que hiciste, te das cuenta de que no, de que no escribiste sobre lo que quisiste sino sobre lo que pudiste. Es ahí, entonces, donde uno tiene que ponerse a trabajar en serio y encontrar cuál es realmente la historia de ese texto. Si tuviera que decirlo a modo de máxima, diría que el proceso por el que un cuento se vuelve cuento tiene que ver con encontrar eso sobre lo que de verdad estábamos escribiendo.

–Los cuentos están escritos en una prosa muy prolija y madura, a pesar de que sos muy joven. ¿Cómo fue el recorrido de dejar listo el libro?

–El recorrido fue largo. Entre las primeras versiones de los cuentos más viejos que están en el libro y la última corrección previa a publicarlo, pasaron cinco años. Parece mucho tiempo, más teniendo en cuenta que los escribí en función de un conjunto que buscaba ser un libro. Pero en esos cinco años no solamente escribí mi primer libro, sino que escribí también mis primeros textos, en general. Antes de eso no escribía más que comienzos aislados de textos que terminaban en nada.

–¿Te formaste en talleres, trabajaste con alguien?

–Sí, ahí es donde entran los talleres de escritura; la cosa cambió, primero con Federico Falco y después con Luciano Lamberti. Digo “la cosa” porque me cuesta definir qué es lo que cambió exactamente (empecé a tener ideas sobre la literatura, algo que antes no tenía, realmente; cambié la manera en que creía entender el proceso de escritura; amplié enormemente mis lecturas; empecé a formarme una idea de qué es lo que quería hacer yo escribiendo). En esos talleres fue donde aparecieron las primeras ideas para algunos de los cuentos. Después, con cierto material abajo del brazo, hice clínica con Falco durante un año. Para ese entonces, él ya vivía en Buenos Aires, así que teníamos encuentros cada 15 días por Skype. Para mí, ese fue el año en que escribí el libro. Fue un proceso muy duro, pero en el que aprendí mucho. Un proceso de tensión entre lo que quería hacer y mis capacidades para hacerlo en ese momento. Resolver esa ecuación, pienso, es lo que te permite hacer algo y poder estar satisfecho con los resultados. Quizás ese es el momento que te decía antes, el de la “resignación”.

–Reconocés la influencia de la televisión específicamente en uno de los cuentos, pero todos parecen tocados por la imaginería televisiva y las series de los últimos tiempos...

–No veo televisión, en el sentido de que no prendo el televisor (no tengo) para ver lo que están dando. Veo solamente cosas que quiero ver. Dentro de eso, abundan las series. Me interesan los programas que se preocupan por cómo contar algo. Las producciones audiovisuales tienen un plus por sobre la literatura que tiene que ver con el poder de la imagen. A ver, si yo pongo en pantalla un monstruo, vos, como espectador, vas a pensar “ok, hay un monstruo” sin cuestionar tanto. Lo audiovisual es más fácil de consumir, en ese sentido. Después habrá problemas o no en cómo eso se sostiene, pero al comienzo no. La literatura, en cambio, tiene que luchar mucho más con el lector, convencerlo usando únicamente palabras para instalar la idea “monstruo” y que sea creíble. Las series que más me gustan son las que problematizan el cómo contar una historia sin conformarse con el poder de la imagen (sin conformarse no quiere decir ignorando esa capacidad).

Flavio Lo Presti

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